DUELE

Todo me parece absurdo, una burda mentira. Cada vez estoy más perdida e infructuosamente busca fuera y rebusco por dentro una salida, una vía por donde escapar de esta realidad. De nada sirve, mi vida me duele y cada vez estoy más lejos de él. La paciencia hace tiempo que se me agotó. El cansancio es insoportable y sin darme cuenta caigo y caigo intentado aferrarme a algo o a alguien que me detenga antes de perderme en el abismo. No puedo más.

Soy una certera diana en la que él hace blanco con sus ataques y salidas de tono. No me quejaré, no todo es malo, desde hace algún tiempo el aburrimiento y la rutina se han impuesto en nuestras vidas y ya no tenemos interés ni en discutir. Los días y las noches transcurren inmersas en dolorosos silencios y una indiferencia descomunal.

Lucho por ser, sintiendo que no soy. Él está a mi lado, tirando por tierra cada uno de mis esfuerzos por sobrevivir, recordándome en cada una de sus miradas que «no soy». Técnicas, libros, ejercicios… mi búsqueda no tiene fin. Voy dando palos de ciego y alzo mi mirada al cielo desesperada, llorando de pura tristeza y con la sensación de que esta vida se me pasa en blanco, que no podré hacer lo que vine a hacer porque sencillamente no sé de qué se trata. Y mientras tanto, él a mi lado, tan hiriente y desagradable como siempre. Intento hacer mi vida como buenamente puedo sabiendo que a su lado me queda poco que vivir. No me hace ilusión nada. No me apetece escucharlo ni verlo. Compartimos la rutina pero podría compartirla con cualquiera. No nos amamos. Creo que él no lo sabe, tanta es la distancia que nos separa. Y a mí, la cobardía me ha vencido, solo espero que otro cuerpo en otra vida pueda terminar lo que yo no he sido capaz de hacer en esta. Quizá me odie por eso. No me soporto. Soy una cobarde de mierda. Me conformo con evitar discusiones y broncas. La ausencia de conflicto se ha convertido en el objetivo a cumplir.

Intento ilusionarme por mi cuenta y trato de defenderme de la vida, de los malentendidos que siempre la acompañan y de las intenciones ocultas que encierra toda existencia. Hace tiempo que no creo en lo que veo, que sé que nada es lo que parece, que las palabras esconden misteriosas intenciones que debo desvelar. En cuando a él, prefiero tomarlo como un maestro que como un verdugo. Pero duele.

Concepción Hernández.  Todos los derechos reservados.

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