Todos somos viajeros

Hace algunos años compartí estas letras a través de mi novela «Lágrimas de pan», se trata de la idea que una niña pequeña tiene de la muerte, una idea que ha ido forjando tomando prestadas las opiniones y las emociones de otros porque todavía no ha experimentado lo que supone este tipo de adiós. Para ella, para Linda Aurora, morirse y viajar son la misma cosa.

Este es el fragmento…

» Había oído decir que ya no ves más a la persona, nunca, y que eso da mucha pena, porque la tienes que recordar y a veces el recuerdo te engaña o se diluye y si ocurre eso, terminas por perderla del todo. Y además, cuando alguien se muere ya no lo puedes tocar más, si te gustan sus besos o sus abrazos o escuchar su voz… ¡se acabó! Eso le dijeron de la muerte. Pero su mente infantil no alcanzaba a entenderlo. Entonces le pidieron que pensara en alguien que ella quería muchísimo… «tu mamá o tus tías o doña Amelia, imagínate que un día de repente, sin aviso, sin que tú ni ella lo queráis, se marcha, desaparece, se va a un país tan lejano tan lejano que no puede volver y no la puedes ver y no la puedes oler ni tocar. Tienes que conformarte con sus fotos y tus recuerdos. También puedes hablar mucho de su vida y de lo que compartíais, eso es fundamental para traerla al presente, así cuando ya no esté en ninguna parte, puedes hacer que esté en todas».

La pequeña, aunque no sabía si comprendía realmente la naturaleza de la muerte y el misterio encerraba, podía imaginárselo, más o menos. Temblaba de terror al pensar que su madre o sus tías pudieran marcharse a un lugar lejano para no regresar… ¡y sin avisar!

Para ella, morirse y viajar eran la misma cosa».

Se aproximan fechas complicadas, considerar el reencuentro como una posibilidad puede suavizar el dolor.

Al fin y al cabo, todos somos viajeros.

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