Mis tres momentos

Todos hemos experimentado en alguna ocasión esa sensación de… «nada volverá a ser igual». Nunca sabemos qué palabras pueden cambiar el rumbo de una vida, qué conversaciones o experiencias suponen un punto de inflexión, un punto y aparte.

Yo recuerdo tres de esos momentos, y que tras ellos, no volví a ver el mundo con los mismos ojos nunca más.

-Con un folio en blanco será suficiente. ¿Ya estáis preparados? ¡Estupendo!

Estaba sentada en una pequeña aula, tenía 19 años, corrían los años 90 y me disponía a escuchar una pregunta que a pesar de su aparente sencillez, abrió en mí una puerta hasta entonces oculta y desconocida. Aún hoy en día, 26 años más tarde, me resulta complicado encontrar una respuesta clara y directa a la misma. Mi profesora, Lola se llamaba, como quien no quiere la cosa planteó:

-Os quedan tres semanas de vida, ¿qué vais a hacer con vuestro tiempo?

Y sin más, desapareció del aula. El tremendo silencio que acompañó a su marcha reflejaba nuestra conmoción… ¡3 semanas de vida!¡¿sólo?!¿Si apenas he comenzado a vivir!

Algo así debió ser mi reacción porque confieso que nunca antes había pensado en que esa posibilidad pudiera darse. Todos mis planes, toda mi vida, mis sueños, mi porvenir, mis pensamientos y decisiones habían girado en torno a un futuro que se convertiría en presente transcurridos unos años, pero pensar en qué hacer hoy porque no tendré un mañana, era algo que jamás me había planteado.

Llevo muchísimos años intentando responder a esa pregunta de un modo conciso, pero no puedo. Siempre termino concluyendo generalidades… que debo decirle a los que amo, que los amo… que debo reír a menudo… que no debo preocuparme por estupideces… que debo estrujar cada instante… pero mi mente termina llevándome irremediablemente hacia la ilusión del futuro.

Otro momento que produjo un cambio sustancial en mí, ocurrió poco tiempo después, tenía 26 años y disfrutaba de un fin de semana con amigos en una casa rural en los Pirineos. Una noche, Antonio preparó una sorpresa. Tras una agradable cena nos hizo salir al exterior, la noche era preciosa, tranquila, el cielo se encontraba despejado y tan lleno de estrellas que parecían estar más cerca de nosotros que en otras ocasiones. Y mientras nosotros contemplábamos toda aquella maravilla, él llenó de sonido el silencio. De un viejo radiocasete comenzaron a brotar las palabras de Neruda: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…»

Escuchando el poema 20 de «Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada» me estremecí. Me emocioné. Lloré. Miré a mi alrededor y puede comprobar que los demás también habían sucumbido a las lágrimas, supuse que recordaban algún amor perdido, algún amor no correspondido, algún amor en la distancia y sentí una terrible pena por mí misma porque mi llanto no respondía al recuerdo de un amor. Fui incapaz de evocar un recuerdo de amor al que dedicar aquel momento. Nunca me había enamorado, creía que sí, pero en aquella noche estrellada y ante la grandeza de las palabras del poeta supe que no. En cambio, tenía un expediente académico excelente. Había pasado mucho tiempo labrándome ese porvenir tan lejano y brillante del que solía oír hablar. Mirando la pared de mi cuarto días y noches enteras pensando que tenía que esforzarme y sacrificarme para llegar a ser alguien. Pero nunca me había enamorado. Aquella noche se abrió en mi mente otra puerta largo tiempo cerrada, la que me conducía a las ganas de vivir, de divertirme y de aprovechar cada instante sin plantearme si sería útil al cabo de unos años, o no.

Pero sin duda, la conversación que más me ha marcado, o al menos así lo considero, tuvo lugar cuando tenía 12 años. Sabía que mi abuela Virtudes había muerto muy joven, a los veintipocos, pero nunca había preguntado el motivo. Durante aquella conversación descubrí que fue por culpa de una infección, de una maldita infección que se la llevó tres días después de parir a mi madre. Esa madrugada, preguntó la hora y tras exclamar en un susurro para sí misma, «¡qué lástima!», se marchó para siempre. Dejaba otros dos hijos de corta edad.

Sentí tanto dolor cuando escuché aquel relato que esa misma noche anoté en mi diario un deseo: «Ningún niño crecerá sin su madre. Yo lo evitaré». Y ese afán inocente e infantil me condujo años después a convertirme en matrona porque creía que podría salvar la vida de todas las madres del mundo. Pero no podía, claro.

Todos experimentamos esos momentos, extraordinarios para nosotros y que pasan inadvertidos para los demás. Es más, estoy convencida de que en ocasiones nuestras palabras o acciones nos convierten en el click que otro necesita para cambiar el rumbo de su vida.

Yo, gracias a mis tres momentos, sé que debo vivir cada instante como si fuera el último, que deseo disfrutar y divertirme tanto como pueda y que no importa lo que haga, no importa dónde esté ni con quién me relacione, siempre procuro ofrecer la mejor versión de mí misma.

Y tú, ¿has aprendido de tus momentos?

Concepción Hernández. Todos los derechos reservados

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