El ingrediente mágico

Habían pasado muchos años desde que la ciencia revolucionara la vida en la Tierra, otra vez. Ya nadie ponía en duda el poder creador de la mente humana. Los pioneros en estos estudios tuvieron que soportar humillaciones y descrédito, pero en poco se tiempo se simultanearon un sinfín de descubrimientos que no hacían sino confirmar sus teorías: los humanos a través de sus pensamientos creaban su realidad y por tanto, eran los únicos responsables de la misma. Se encontraban, cara a cara, con la posibilidad de hacer realidad todos y cada uno de sus sueños.

Relevantes estudios habían demostrado, de un modo irrefutable, la verdadera naturaleza del ser humano. Y con un sencillo… “somos energía”, los investigadores ponían punto final a un monumental informe donde se alternaban las sorpresas con las fórmulas matemáticas.

En este contexto, el cuerpo quedaba relegado a un segundo plano recayendo el protagonismo en los pensamientos y las emociones porque no importaba de qué se tratase, desde lo más insignificante o molesto a lo más codiciado y hermoso, todo comenzaba con un pensamiento.

Tanto creyentes como incrédulos dedicaron una buena parte de su tiempo a poner en práctica aquello de lo que tanto se hablaba, y aunque unos buscaran la confirmación y otros la refutación, todos quedaban extasiados ante los resultados que obtenían. Sin demasiado esfuerzo conseguían atraer hacia sus vidas aquello que deseaban con independencia del signo de su fe: coche nuevo, casa nueva, trabajo soñado, novio perfecto… gato, pez de color rojo con una franja negra pero tan solo en la aleta pequeña. Cada vez se volvían más y más específicos en sus deseos con el único objetivo de poner a prueba el poder creador de sus pensamientos.

En poco tiempo afloró la impaciencia de los humanos. Conseguir sus objetivos no era suficiente, querían conseguirlos al instante. Los científicos trabajaron con ahínco para contentar este nuevo capricho y descubrieron que la demora se debía a una característica tan humana como silenciosa… “no se sienten merecedores” fue la conclusión, y conseguir erradicar esta creencia su próximo objetivo. No tardaron en sintetizar un antídoto en forma de vacuna, un líquido azulado que se tomaba una vez al mes y eliminaba cualquier obstáculo entre el humano y su deseo.

La humanidad se encontraba ante una revolución sin precedentes. Pronto se comenzaron a impartir en los colegios nuevas materias cuyo énfasis recaía principalmente en el mimo y cuidado de los pensamientos.

Pero no solo se produjeron cambios en el ámbito educativo, el mundo médico con todo el peso de su tradición y un firme y continuado empeño en salvar organismos enfermos, también sufrió una terrible convulsión. Centrada en el cuerpo, sus dogmas quedaron anticuados. Ahora, cada ser humano era capaz de sanar por sí mismo, todo el mundo aceptaba el gobierno de la mente sobre la materia y ¿qué es sino el cuerpo?, materia y pura materia, nada más.

El panorama era prometedor. La humanidad al completo vibrando en unos niveles magníficos, sanos hasta el punto de poder alcanzar la eternidad dentro del mismo cuerpo, pudiendo experimentar y sentir todo aquello que desearan, disfrutando de la satisfacción de los sueños cumplidos, diciendo adiós a la frustración, la pobreza y la enfermedad. Relaciones perfectas, cuerpos perfectos y vidas abundantes.

Pero el mágico líquido azulado no era tan fabuloso como todo el mundo creía. Había un factor determinante que no habían tenido en cuenta. Un elemento de la ecuación sin el que el resultado de aquella fórmula para la felicidad, era fatídico. Alcanzar todo lo que se deseaba siempre y en todo momento, estaba conduciendo a la humanidad hacia el desencanto y la apatía, la desesperación era máxima y la amenaza de convertir la existencia del ser humano en un macabro círculo vicioso de nacimientos y muertes prematuras, cada vez más real. La tasa de suicidios crecía exponencialmente a un ritmo de vértigo en un sociedad en la que todo el mundo obtenía siempre lo que deseaba.

¿Supondría haber encontrado el secreto de la felicidad, el fin de la humanidad? ¿Sería este mágico líquido azul el responsable de tal hecatombe?

Los científicos hicieron un llamamiento desesperado y alertaron de los peligros que la fórmula azul encerraba, anulaba la creencia de no merecer, pero también anulaba la ilusión. Era necesario seguir luchando por alcanzar los sueños sin utilizar atajos. Ahora sabían que la verdadera satisfacción no se encontraba en el objetivo cumplido, sino en el camino recorrido hasta alcanzarlo, en las pequeñas metas conquistadas y en la excitación de la incertidumbre.

Concepción Hernández.  Todos los derechos reservados.

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